Nunca hagas llorar a un niño

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Nunca hagas llorar a un niño

La novela de Angela Pradelli sobre una niña apropiada bajo la dictadura
 
Un libro fue saliendo de otro: una ficción de una crónica testimonial. De En mi nombre, donde reconstruye narrativamente historias de identidades restituidas, Ángela Pradelli fue desprendiendo La respiración violenta del mundo (Emecé), la historia de una niña que va a resistir el robo de su identidad y su memoria. ¿Cómo resiste un niño al robo de su personalidad? ¿De qué manera se defiende de los adultos que quieren arrebatarle su memoria? Estos interrogantes hacen a la médula de una novela que no está basada en un caso real pero que plantea una enorme y productiva incomodidad alrededor de la categoría de ficción.
Hay cierta clase de textos que ya sea por su temática o por su nivel literario se diferencian notablemente de la masa de libros que se publican en un año; hay libros necesarios y urgentes que de algún modo materializan algo más que un clima de época y se imponen con toda la fuerza de una resistencia, sobre todo a la banalización de la literatura; libros que tienen su lugar asegurado en nuestra biblioteca porque se volverá a ellos para ponerlos en diálogo con la historia o con otras obras literarias. Detrás de esos libros no hay simplemente mujeres u hombres que escriben, hay escritoras y escritores en el más cabal sentido del término. Ángela Pradelli pertenece a esta clase de escritoras y lo confirma nuevamente con la publicación de La respiración violenta del mundo, su última novela cuyo argumento inicial está –o debiera estar– en la conciencia histórica de todos nosotros: el secuestro y apropiación de los niños por parte de la dictadura cívico-militar. “Mi amiga Esther Cross dice que los libros descienden de otros libros. A veces esa relación es sutil y los escritores no siempre la percibimos”, afirma Ángela Pradelli. “En La respiración violenta del mundo lo tuve claro desde los primeros párrafos. Esta novela viene de mi libro anterior, En mi nombre: Historias de identidades restituidas. En ese libro narro las historias de vida de Manuel Gonçalves Granada, Ángela Urondo Raboy, Macarena Gelman García Iruretagoyena, Leonardo Fossati Ortega y Jorgelina Paula Molina Planas. Para escribirlo me reuní con cada uno de ellos varias veces, tomé sus testimonios, luego escribí las narraciones y nos volvíamos a reunir las veces que hicieran falta. Cuando terminé de escribir el libro y se lo entregué a mi editora Rosa Rottemberg le dije que sentía que podía escribir las historias de todas las personas que habían recuperado su identidad. Eran ciento diez hasta ese momento, marzo de 2014. Unos meses después, empecé a escribir la novela. No hay ninguna correspondencia entre un libro y otro, sin embargo estoy segura de que yo no hubiese podido escribir La respiración violenta del mundo si no hubiese escrito antes En mi nombre. La novela nació en ese libro, reconocí desde el principio la misma asfixia y la atrocidad de aquellas horas. Claro que hay diferencias; la historia de Emilia, la protagonista, no está escrita a partir de un testimonio; los lugares en los que transcurren las escenas no existen así como están en el libro; me refiero a las casas en los que vive Emilia, con sus padres primero y con sus apropiadores después. También a los distintos edificios, el hogar de niños, donde Emilia pasa unos meses antes de ser apropiada. Una vez, hablando con Manuel Gonçalves Granada me dijo: Los nietos que aún faltan están entre nosotros. Pueden estar muy cerca, tal vez la persona que cuida a tus hijos, que te vende el pan, que te toma la presión, la maestra de tus sobrinos, tu peluquera. Eso es así como lo dice Manuel, y nosotros como sociedad ¿qué hacemos para ayudar a las Abuelas y las familias a buscarlos hasta encontrarlos?”.
 
No volveremos a vernos nunca más
“Antes de mudarse a Burzaco, Adriana, Ernesto y Emilia vivían en Quilmes, en una casa que alquilaban con otros tres compañeros de la organización. El 25 de marzo, un día después del golpe militar, uno de ellos no volvió. Una semana después, Ernesto le avisó a Adriana que él ya no podía quedarse en esa casa, tenía que irse y esconderse por un tiempo, porque a él también lo estaban buscando”, escribe Ángela Pradelli en La respiración violenta del mundo. Para entonces, un logrado tono en el recurso de la tercera persona habrá reconstruido el comienzo de una relación ligada por el amor y las convicciones políticas. “Adriana y Ernesto se conocieron en 1970 y desde entonces militan juntos en la Villa de Solano. En ese momento, él tenía 23 años y hacía tres años que había entrado a Montoneros. Adriana tenía 17 años y le faltaba unos meses para terminar la secundaria; los últimos dos años en la escuela fue delegada del centro de estudiantes. A la reunión de Montoneros donde conoció a Ernesto, la llevó Carmen, su mejor amiga. Para Adriana era la primera actividad política fuera de la escuela”. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Fuente Página 12